Cristina, el péndulo de Foucault y la oposición (a cerca de la irracionalidad de la racionalidad)

Cristina, el péndulo de Foucault y la oposición

(a cerca de la irracionalidad de la racionalidad)

x José Terenzio -1-

(leer nota, click abajo)

Quizá Umberto Eco no esté dentro de los autores preferidos de Cristina Fernández Wilhelm, ni sea necesario que lo esté, o tampoco, que sea fundamental su lectura. Sin embargo, algunas ideas del brillante semiólogo italiano deberían ser repasadas por buena parte de la oposición y del oficialismo, muchos de ellos que, sin saber quién es Eco, gozan del instinto, del ADN y de la materia bestial necesaria para ejercer ese germen existente en todo hombre: la política, cosa que supo enseñar Aristóteles al expresar “Zóon politikon” (en griego, ζooν: animal, y πoλίτικoν: social o político).

Podría decirse que la mayor parte de nuestros políticos (dirigentes, administrativos, sindicalistas, militantes) se ven mayormente errados en sus objetivos, moviéndose buena parte, con ciertas racionalidades muy distantes de lo que la política es.

Eco, precisamente, basa la idea de su libro “El péndulo de Foulcaut” en una racionalidad no escalafonada, menos aún cronológica. Tampoco se guía en términos morales o jurídicos, sino, que pretende todo lo contrario, desenmascarar desde su relato las mitomanías y los ocultismos que existen en la sociedad, al punto de burlarse metódicamente de ellas. Pasa el poncho, de paso, con buena parte de la literatura, y de cierta racionalidad que se entiende como necesaria en las ciencias sociales: las analogías.

¿Qué tipo de mitos o creencias opuestas a la razón existen en nuestra sociedad? Pues, de todo tipo. Podríamos mencionar que tanto la llamada “Razón Progresista” como la “Razón Populista” se alimentan de dichos ocultismos, se sirve indiscriminadamente de comparaciones y analogías tiradas a los ponchazos, sea en la cátedra, o en las choripaneadas de barrio. Los resultados, están a la vista.

Así, el mito del eterno progreso, del constante acumular del hombre, ha sido cruelmente desafiado por todos los movimientos “modernistas” del siglo XXI (desde el liberalismo burgués, pasando por el fascismo, y también el comunismo). El “mecanisismo positivista” ha dado morro en tierra, sin que por ello nos haya dado de herencia el siglo más violento de la humanidad, el siglo XX.

Hasta los declamados “derechos humanos” (al igual que el resto del andamiaje jurídico) resultan, a la luz de la política, un mito mas, y si lo cruzamos con elementos de la actualidad, veremos que los mismos salen poco de los libros y discursos de los grandes tratadistas y tribunales internacionales, y se contradicen con los grandes genocidios e invasiones de la que, malamente, nos enteramos a diario.

En definitiva, el problema no es la no razón, o mejor dicho, el modo de razonar, sino, la acción.

En política, lo que predomina, en definitiva, es la acción, y no la razón que lo motiva. Y sus resultados, claro.

El devenir fenomenológico del accionar político ha dado explicación a muchos de los procesos políticos (aun los más actuales) y casi todos, en especial los actores, suelen olvidar dicha manera de pensar.

El relato, la analogía, el discurso, todo ello, en definitiva, como “hecho”, tiene un límite.

En balde la denominada “oposición” política argentina se ha (nos hemos) empeñado en desenmascarar las cientos de contradicciones, delitos, acciones miserables, falsedades, estafas, enriquecimientos ilícitos del gobierno actual, u otros lo habrán hecho sobre los anteriores a este, y no solo eso, sino que hoy se los ha colocado en la palestra gracias a los nuevos medios tecnológicos.

Encima de las barricadas de la verborragia, de la oposición, no se ha llegado a mucho, porque no se ha actuado en consecuencia, porque si se toma el proceso de oposición que las clases medias hubieron de producir en el año 2001, y se compara con las acciones de conformismo u oposición (a lo largo del tiempo) que han recibido las administraciones de Kirchner y Fernández puede verse que allí radican un sinnúmero de explicaciones a los resultados ocurridos. Mismo razonamiento le cabe al oficialismo, que gasta millones en su lucha contra clarín (ayer amigo para ganar en 2007, hoy enemigo, pero menos que cuando el estrábico en vida) esa “batalla” no es otra cosa que un manual de orden para la tropa: no suma ni resta ni un solo voto.

La política es acción, un devenir en la actuación. El gobierno actual hasta podrá ocurrir en la paradoja del ajuste, así como sucedió en el elogio a los “malditos noventa” (en los mismos noventa), o la amistad de Kirchner con Domingo Cavallo, o la privatización de YPF (festejada por Parrilli, hoy Secretario de Cristina, y el resto del PJ). No importa, hoy festejo con mi partner, y mañana lo degüello, así es la política.

Si se sale de la órbita de lo local, puede serse cómo los demócratas en EEUU criticaron a Bush por la utilización del ya inexistente Bin Laden, para luego hacer ellos uso indiscriminado del totémico gatillo de terror y de eficientes resultados, el fantasma interior de todo yanqui.

 

 

Los errores del progresismo

 

Así, no es posible creer que el denominado progresismo pueda constituir una opción real de poder, por lo menos, en los próximos años.

Esta corriente política hace profusión de discurso y un uso excesivo declamación de la supuesta “racionalidad” o de ciertas y supuestas “trayectorias” o conductas. En realidad, el progresismo mayormente hubo de ocuparse del arte del gobierno ante hechos fortuitos a sus propias acciones o virtudes. El más común de los acontecimientos que colocaron a los progresistas en circunstanciales cargos fueron el corrimiento del peronismo por proscripción (fines de los ´50, los años ´60), o, por desaguisados en donde la táctica populista fue, decididamente, abandonar el lugar del hecho criminal; por ejemplo, intendencia de Morón, San Martín y otras situaciones en donde lo delictivo trascendió lo político.

El progresismo adolece de un sinnúmero de auto limitaciones que lo alejan de la acción política. Limitaciones en el pensar, y quizá, en el ser. En otros casos, de honestidad intelectual.

En primer lugar, habrá de establecerse que el progresismo se define con una categorización inexistente, la “centro-izquierda”.

En realidad, el progresismo no es de centro-izquierda, sino, demo-liberal.

Para construir el espacio de la bendita centro-izquierda, el progresismo (como los ocultistas de Umberto Eco) construyen un relato basado en la demonización de sus opositores, o sea, los populistas. Los términos más comunes empleados son: “demagogia”, “masas” “irracionalidad”, “autoritarismo”, “impersonalidad” etc., esto es todo lo que sale en disidencia a la idea de lo “racional” encuadrado en los parámetros del paradigma demo-liberal.

Los progresistas necesitan definir a su contrincante, mayormente, porque no encuadran en las maneras del actuar, reclinándose y encontrándose más cómodos en el “pensar” en el “definir”.

No se puede actuar políticamente como centro-izquierda, dado que no existen categorías de acciones que lo definan. Sí se puede actuar como nacionalista, o como anti nacionalista. Se puede actuar como conservador, o como liberal, como capitalista, comunista, tercermundista.

Existen políticas en antedichos términos, así como existen ortodoxos y heterodoxos en economía. Los progresistas no encuentran, más allá de los libros, y sus propios fantasmas, concretos planes de acción.

Así el progresismo argentino votó a De La Rúa sin convicción (aunque era, efectivamente, la mejor opción para derrotar a Duhalde) y luego se volvió su principal contradictor, al punto de derrocarlo, y de disipar toda identidad con el presidente de la unión UCR-Frepaso, al contrario de lo que hubiera hecho el populista, en la mala, apoyar más.

Dicha valoración y mistificación ideológica no pasa el filtro “progre”, y si el populista. Así, todavía, no se sabe cuáles son las causas políticas de la renuncia del presidente Carlos Álvarez de la vicepresidencia de la nación, la misma fue un límite de conciencia, cobardía o simplemente por “disentir”… ¿El poder? Bien gracias, no parece un problema de los progresistas. En esto último, radica otra de las grandes diferencias de los progresistas con el populismo (ya sea nacionalista, arribista, liberal o lo que sea). El progresismo no entiende la lucha por el poder como principal objetivo de la política, y el populista observa la conquista del poder como el único de los objetivos (reales, no mentidos) de la misma.

 

Don Binner

 

Básta ver el gravísimo error cometido por el gobernador Binner, quien la semana próxima pasada se manifestó “de acuerdo” en el camino que recorre la Argentina… Cualquier argentino pensaría automáticamente ¿Que espera este hombre para ir a la Casa Rosada a entrevistarse con la presidente Fernández y sumarse a su proyecto, entonces?

 

 

“Federales”

 

Mismo error comente el peronismo “no oficial” al poner sobre el eje de la contienda verbal el cariz ideológico. Resaltar las diferencias ideológicas no le interesa a la mayor parte (diríamos, un 90%) de los votantes, más preocupados por sus problemas cotidianos, que en develar las razones crípticas del peronismo de los ´70, o las más antiguas. Así, tanto Rodríguez Saá como Duhalde logran la mirada de un grupo minoritario de adherentes más ideologizados, rebeldes y opositores pero, minoritario.

Sin embargo, lo más grave no es solo eso, sino que su “oposición” deviene en el campo de las palabras, y en esa telaraña quedan pegados, arrastrados por su propia historia, y sin proponerse acciones concretas ni con elementos militantes que se encuentra muy bien pagados desde la época de Kirchner, precisamente, para evitar fugas más de índole económico-personales que de índole ideológicas.

Por último, es bueno observar y recordar que en los años ´50, cuando sí existía una verdadera oligarquía agropecuaria, no se sembró por dos años y se quemaron campos, una oposición real sectorial que sufrió Perón en los años 1952/1953, una realidad muy diferente a la actual, en donde se charla mucho, pero se actúa poco.

 

La identidad de la UCR

 

El dato más llamativo de los tiempos es el éxito del ex presidente extinto, Néstor Carlos Kirchner, consistente en dividir al medio, como un queso, a la UCR. No es una simple división de dirigentes, sino de visiones e identidades. Del lado del partido ha quedado el resto que no quiso ser “radical cash” (o sea, pragmático cobrando) Kirchner, como buen rosquero feudal de provincia, fue urdiendo (en el sentido político del término) cuales de “esos” radicales comerían de la mano,  cualquier costo, cuáles entendían la idea de política como ejercicio indiscriminado del poder (extremismo relativista de cualquier moral) y, de modo impiadoso, fue separando paja de trigo, “cosecho” a Zamora en Santiago del Estero, a Colombi en Corrientes, Maurice Closs, en Misiones, Saiz en Rio Negro, Sapag (filo-radical) en Neuquén.

En la red K quedó lo jugoso… los ambiciosos. Dicha crisis de identidades se transforma en un toque duro para el centenario partido, y se traduce en lo que “pasa abajo”: La ideología, en definitiva para estos “UCR-K” es ganar.

 

 

 

 

Corolario

 

La realidad es que, la estratificación que hacen los más destacados líderes de la oposición, los espacios u otras disquisiciones de índole ideológica, no logran penetrar el núcleo duro y masivo del votante, ya que el mismo sabe que la actual es una realidad y que, si bien se visualiza como modificable, dichos cambios los operarán los hechos, el futuro inmediato o mediato, y no las personas. Que los que hoy cuentan con un discurso, mañana lo cambiarán, el “son todos iguales” con que muchos justifican el voto llamado “vergonzante” hacia el oficialismo de turno.

Este mecanismo de negación permite seguir viviendo a los miles de anónimos que no ven en la política una posibilidad de mejora personal, tal vez la única que guarda un interés personal para la inmensa mayoría y que en nuestro país, luego de 2001, ha quedado demostrado que la clase política conforma un solo núcleo, y lo que se discuten son, en realidad, las ambiciones personales.

Así, resultará que los porteños votaran a Macri y a los tres meses a Cristina.

En circuitos electorales de los barrios pobres, el oficialismo nacional sacó muchos votos, pero también dicho oficialismo lo consiguió los barrios “caros”, cosa no muy difícil de entender si se ve que los sectores más subsidiados de la Argentina son los sectores pudientes, y los de la clase media, y no los pobres, que apenas rozan algún beneficio como ya lo hemos explicado en notas anteriores. Así, la clase acaudalada nacional votó y acompañó, mientras tanto, arremete contra el dólar, comprándolo contra todo pronóstico global.

Acarician los empresarios locales, eternos amanuenses del poder, los oídos de la presidenta viendo qué negocio pueden “raspar” de paso, y mientras tanto muchos piensan: “Qué ruido, cuando esto explote…”.

Como dijo el conquistador Aníbal, hay países en donde los peores gobiernos son los actuales, y si la realidad no los cambia, nosotros los argentinos, tenderemos siempre a conservarlos. A todos.

-1-

Especial para “Tribuna de Periodistas”

http://www.periodicotribuna.com.ar/9743-cristina-el-pendulo-de-foucault-y-la-oposicion.html

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