ACERCA DE LA “INVESTIGACIÓN” DEL FRANQUISMO, Y, LOS INTERESES QUE ALGUNOS TIENEN

HUBO Y HABRÁ GENTE, QUE NO LE PONE PRECIO A LA “DIGNIDAD”

x Eduardo Linares en demodirecta -1-

  • Ramón Sijé, poeta católico, muerto en Orihuela como del rayo a los 22 años, en la Nochebuena de 1935, de una septicemia coronaria, disparador de uno de los poemas más bellos que se hayan escrito, el compañero con quien tanto quería uno de los más grandes poetas de las letras españolas del siglo de las atrocidades, de las matanzas, de las guerras mundiales, de la guerra española, Miguel Hernández, muerto en la prisión de Alicante en marzo de 1942, de tuberculosis, prisionero de Franco, que no lo indulta, pese a que interceden por el poeta desde religiosos hasta cuadros de jerarquía de la Falange, en la misma cárcel en donde había sido fusilado José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia el 20 de noviembre de 1936, por los republicanos. Ramón Sijé había nacido en Orihuela, al igual que Hernández. Un 16 de noviembre de 1913, festividad de Santa Inés de Asís y Santa Margarita de Escocia. La novia de Ramón fue Josefina Fenoll, panadera. La de Miguel, Josefina Manresa, campesina y aprendiz de costurera. El padre de la novia de Miguel, Guardia Civil, es fusilado por milicianos republicanos en 1937. Ramón Sijé era muy cercano a los jesuítas de Orihuela, había estudiado junto con Miguel en el colegio de Santo Domingo, amigo también del capuchino Fray Buenaventura de Puzol, fusilado por los republicanos. Era falangista joseantoniano.
  • Para completar este introito, quiero hacer expresa mención de la amistad que existió entre el fundador de la Falange Española, José Antonio, y el poeta granadino Federico García Lorca, quienes cenaban juntos todos los viernes; Lorca contaba con ironía que salían juntos en un taxi con cortinitas, ya que a ninguno de los dos le convenía ser visto con el otro. Lorca se declaraba políticamente católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico. Fue fusilado en agosto de 1936, por el bando nacional. La izquierda lo hizo un ícono, al considerar que fue fusilado por sus ideas y por ser homosexual. Lorca, está claro, no era de izquierda. Y esa no fue una guerra que se declaró para fusilar homosexuales. No se ha inventado aún una guerra de género. Más bien todo lo contrario. En las guerras los blancos son universales.
  • En estos dos párrafos hemos relatado como mejor hemos podido una historia de destinos cruzados y de muerte. Todos ellos ocurridos en España, entre 1935 y 1937. Algo más de un año. Vida y pasión de tres poetas, un político, también era poeta José Antonio, el padre de la novia de Miguel Hernández, un guardia civil, un fraile capuchino. La guerra española terminaba en 1939, a más tardar con un millón de muertos. Cada bando habría fusilado a unos 100.000 mil españoles. Ambos bandos contaron con el apoyo exterior. Alemania, Italia, la URSS, las brigadas internacionales. Guerra civil española que contó en sus comienzos con la adhesión de 55.000 voluntarios del bando nacional y 90.000 del bando republicano. En esos años vivían en España 24 millones de españoles. Hay quienes dicen que la foto de Robert Capa que ilustra la nota no es la más notable de la Guerra Española, sino aquélla en que republicanos y falangistas comparten un picado de fútbol, ajenos al horror de las trincheras, lejos del odio. No tuve la suerte de conseguira. La foto existe. La película “La vaquilla”, de García Berlanga, tiene que ver con ese espíritu, ni faccioso, ni sectario, auténtico y popular, el de un pueblo sobrellevando una guerra no buscada a como sea. El negocio del odio y las guerras, étnicas, religiosas, civiles o revolucionarias, tan lucrativo para el capitalismo como para quienes no tienen más argumentos para sostener sus ideas que contar cadáveres, vuelve como una noria.
  • La profusión de propaganda política de ambos bandos lo único que hace es reforzar la certeza de que no fue una guerra popular, todo lo contrario. Padecida por la inmensa mayoría de los españoles que ni la buscó ni mucho menos la deseó, sólo le cupo sufrirla. España fue, qué duda cabe, un trabajo de campo, prolegómeno, de la hecatombe que se desataría en Europa en resonancia. También, el punto de inflexión entre el avance del comunismo stalinista soviético y una Europa que no quiso ser roja. Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo. Simplificar, pretender hacer del conflicto una encuesta maniquea en donde los vencedores, los nacionales, son los malos, y los vencidos, los republicanos, los buenos, es una mentira de patas demasiado cortas. En esa zanja se ha querido poner a escarbar Baltazar Garzón. Lo empuja acaso la búsqueda de la Verdad y la Justicia, o, para variar, la de un egocentrismo mediático y la tentación crematística. Eso es algo que mejor que nadie van a responder los españoles.
  • Quiero hacer una aclaración que me parece más que pertinente, hace a la verdad histórica. Franco no era falangista, desconfiaba y despreciaba profundamente a la Falange y recelaba de José Antonio, joven, culto, aristrocrático, todo lo que él no era. Eso sí, lo usa como ícono y mártir durante los 40 años de su dictadura. Es menester explicar porqué envía el frente ruso a la División Azul de falangistas, en donde participaban cantidad de cuadros políticos de la fuerza, territorio en donde el único destino posible era la muerte. Iniciada la guerra, 45 días antes de su fusilamiento, José Antonio se ofrece como mediador y prenda de paz para detener la guerra fraticida. Tales sus palabras: “España se deshace. El triunfo absoluto de un bando, no supervisado por nadie, puede traer de nuevo las guerras carlistas: un retroceso donde perecerán todas las conquistas de orden social, político y económico, la entrada en un periodo de tinieblas y torpeza”.
  • Antes había rechazado el ofrecimiento de una guarnición militar que se había propuesto para atacar la cárcel de Alicante y liberarlo. No era su estilo. Los republicanos dudaron de su palabra, habrán pensado que era una estratagema para fugarse y sumarse a los contingentes franquistas. José Antonio había dado su palabra de mediar por la Paz y volver a presidio, no se cobrara la gestión con su libertad. Tuvieron la oportunidad de detener la guerra y la matanza y la ignoraron, sobre todo porque creyeron que a la guerra la ganaban ellos. La guerra no la inicia la Falange, ni la continúa, ni mucho menos la termina. Luego, ya con Franco en el poder, es segregada y ningún cuadro de la misma participa del gobierno del dictador en roles destacados. Las camisas azules pasan a ser claque y fanfarría, -más o menos como los bombos peronistas-, presentes en todos los actos, pero lejos de influir con su ideario revolucionario y obrerista, ajeno tanto al capitalismo como a la dictadura del proletariado, el nacional sindicalismo.
  • De ahí, a que Baltasar Garzón los considere una fuerza paramilitar encargada de andar fusilando republicanos, hay un abismo, abuso de amnesia, mala leche, oportunismo, grosera manipulación histórica, muy similar a la que aquí padecemos por estas pampas. O de pretender juzgar al franquismo, en ausencia, como el iniciador de la guerra por alzarse en armas contra la República, cuando para entonces los asesinatos y ajustes de cuentas de ambos bandos, eran diarios y cada vez más feroces.
  • Cito in extensa al escritor y periodista español Pedro Corral, autor de “Sobre héroes, canallas y tumbas”, ensayo notable: La “Ley de Memoria Histórica” vino a ser justificada con el pretexto de que las víctimas de la represión republicana ya tuvieron cuarenta años de resarcimiento durante la dictadura, mientras las víctimas de la represión franquista fueron olvidadas. ¿Qué otra actitud podía esperarse de una dictadura que sustentó su poder en el recuerdo permanente de la Guerra Civil y en la utilización de sus “mártires” como fuente de legitimidad del régimen? Resulta inquietante que un poder democrático esgrima la actuación del franquismo para justificar el hecho de reproducirla a la inversa, desenterrando unas fosas y echando más tierra sobre otras, como ha hecho el Gobierno socialista tapando la fosa hallada en unas instalaciones militares de Alcalá de Henares ante la sospecha fundada de que fueran víctimas del terror republicano.

    La “Ley de Memoria Histórica” nos devuelve a una situación ya superada por la democracia, en la que se reivindican solamente las víctimas de un bando, reconociendo implícitamente que las del otro tenían razones para ser asesinadas. Se tasan las tragedias de una y otra parte y se decide que unas tienen valor de ejemplaridad para las generaciones presentes y las otras no. Se rechaza por reaccionaria la piedad compartida por las víctimas de uno y otro bando y aún de los que no pertenecían a ninguno de ellos. Y se instituye la culpabilidad universal de cuantos tuvieron la mala fortuna de no morir en el bando reivindicado, o incluso de los que fueron asesinados dentro de las propias filas republicanas, víctimas éstas últimas sobre las que la izquierda española mantiene su condena eterna, sin solución de revisión o anulación.

    Hemos asumido que García Lorca pertenece a la España vencida, quizás porque siempre nos ha resultado cómodo aceptar aquel encasillamiento de acuerdo con algunos manoseados tópicos, como el de su homosexualidad, cuando tal condición era considerada también por las izquierdas como un “vicio burgués” a exterminar. Baste citar, sin ir más lejos, la censura impuesta por Wenceslao Roces, comunista, subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública republicano, a la elegía que Luis Cernuda dedicó a García Lorca en la revista “Hora de España” en junio de 1937, de la que fueron suprimidos los versos que aludían a su condición homosexual por considerar ésta inconveniente a la exaltación del autor de “Yerma” como mártir de la República.

    Sin embargo, es lícito preguntarse si García Lorca tuvo opción de elegir de qué lado estaba ante el estallido de la contienda y si no fueron en realidad los canallas de sus verdugos quienes eligieron por él. El poeta aborrecía del fanatismo y la intolerancia, a los que nunca sirvió ni con su obra ni con su conducta, sino todo lo contrario. Su amistad con José Antonio Primo de Rivera, probada por diversos testimonios, entre ellos el del poeta Gabriel Celaya, pone de manifiesto su capacidad de valorar a las personas más allá de sus ideas políticas.

    García Lorca fue el más destacado exponente de una época dorada de la cultura española, que lo fue precisamente porque defendía la libertad como suprema expresión de la dignidad humana. En la España del 36, aquella forma de entender la libertad y la dignidad fue sacrificada a manos de unos y de otros, como muy bien supo el propio Luis Cernuda, comprometido con la causa de la República desde una actitud liberal que pronto entendió que no tenía cabida dentro de la “causa popular”. Así, durante la guerra, el autor de “La realidad y el deseo” pasó de su fascinación por el comunismo como la única fuerza capaz de dar vida a una España nueva, contra los valores caducos y reaccionarios, a temer por su propia suerte a causa del “juego criminal de un partido al que muchos secundaban pensando en su ventaja personal”, como escribió en “Historial de un libro”.

    Cernuda salió de España en 1938 asqueado de la barbarie fratricida y de la cruenta intolerancia de las dos Españas, sobre todo después de conocer la detención en Valencia de su amigo el pintor Víctor Cortezo por el hecho de tener una Biblia en su casa, como recuerda su biógrafo James Valender. Quién sabe si, de no haber sido asesinado en Granada, García Lorca hubiera hecho el mismo viaje del entusiasmo a la decepción de su amigo Cernuda respecto de la causa republicana para pasar a engrosar las filas de la “tercera España” y hacer enteramente suya la declaración de aquel poema en prosa, “Guerra y paz”, en el que Cernuda evocó su marcha al exilio: “¿Qué puede el hombre contra la locura de todos?”.

    Suposiciones aparte, el caso de García Lorca fue el de decenas de miles de españoles asesinados en ambas zonas, cuyas muertes sirvieron para la infernal puesta en escena que buscaban establecer las dos partes en liza, para definir su campo de lealtades. Un campo entonces tan inconcreto que figuras tenidas hoy equívocamente como referentes de la izquierda, como José Castillejo, secretario de la Junta para Ampliación de Estudios, que ha dado su nombre a un plan científico del Gobierno de Rodríguez Zapatero, tuvo que huir de Madrid ante el riesgo cierto de ser “paseado” por los milicianos. Durante la guerra no se asesinó para liquidar enemigos, sino precisamente para tenerlos, o dicho de otra forma: no se les mataba porque ya fueran enemigos, se les mataba para señalar quiénes lo serían a partir de aquella sangre vertida.

    Aquellos que murieron a un lado y a otro de la España desgarrada por la guerra, como los fusilados y muertos en las cárceles de la inmediata posguerra, reclaman hoy una piedad compartida. Y esto es algo más que retórica. Significa liberar a su “todavía lastimada humanidad” que escribió Francisco Ayala del oscuro sentido que los matarifes dieron a sus muertes: marcar el macabro campo de batalla entre dos Españas irreconciliables. Hacer lo contrario es seguirles el juego a todos sus verdugos. Así de claro.

    En esta Argentina montoneril, maniquea, anticristiana que nos ha tocado en desgracia, estos hechos dramáticos en los que se ha dado por manipular a los españoles, nos tocan de cerca y mucho. Bien sabemos nosotros del uso indiscriminado del dogma de los DDHH como razón de Estado. De la falsedad ideológica que alienta a sus defensores y de las aberraciones judiciales, negaciones históricas, indemnizaciones oprobiosas, o lisas y llanas reivindicaciones de la violencia de la guerrilla setentista. Si bien, claro, la contienda fue menor, los bandos en pugna estaban focalizados y circunscriptos. Un ejército regular de 100 hombres, bien armados y entrenados, una milicia irregular de menos de 10 mil guerrilleros, mal armados y peor entrenados. Sí, claro, con instrucción y apoyo exterior ambos. Las escuela de las Américas de los EEUU y La Habana castrista, extensión cultural de la Universidad Patricio Lumumba del Kremlin, más los servicios de inteligenciad de la CIA, el M16, el Mossad. Nunca se pudo llegar a hablar de la guerra revolucionaria como de una guerra civil declarada, ni mucho menos. Para entonces, la novedad de la post guerra, la fe de los derechos humanos. Antes, la causa de la Paz stalinista.

    La España de paro, 20% de desocupados, 4.500.000 de trabajadores, la España abortera, con más de 150 mil fetos asesinados por año, la España de la crisis global, con una economía a la que no le cierran los números, la España del terror separatista y banco de pruebas del terror de siglo XXI, Atocha, en donde se pretende manipular a un pueblo con atentados de Falsa Bandera, esa España quiere ser arriada ahora por un Juez vedette, al que se lo acusa de prevaricato, al haber cobrado para dar una conferencia en los EEUU más de 200 mil euros, entre otras cosas; esa España doble y única, deberá pasar por este trago amargo del fanatismo progre, en donde brilla por su ausencia la verdad como la más elemental poesía. Lejos, tan lejos de Ramón Sijé como de Miguel Hernández.

    Quiero terminar con un discreto homenaje a mi madre, Emma Dahl, quien tuvo que presenciar a los 14 años cómo su padre era ametrallado en el pasillo de entrada de su casa de Banfield por fuerzas policiales que lo detenían por el homicidio de un primo, hecho acaecido horas antes en la estación de Temperley. Su padre, mi abuelo, Herbert Dahl, era militante anarquista violento, recaudaba fondos para sus compañeros del frente rojo y negro, republicanos, durante esa guerra lejana. El viejo Dahl purgó sus crímenes con 25 años de prisión en Sierra Chica.

Salió en libertad en 1960, gracias a un indulto del Dr. Oscar Alende, gobernador de la provincia de Buenos Aires, gestionado por un periodista mendocino nacionalista y peronista, mi padre, el cual ya había sido echado de su programa radial en Radio Mitre, por defender el honor de Scalabrini Ortiz, imposibilitado de hacerlo en persona, postrado por un cáncer. Esa tragedia marcó a sangre y fuego mi vida familiar. Ese hombre violento y errado, nunca pidió perdón ni mucho menos se consideró una víctima. No se quejó ni una sola vez de los 25 años de presidio, años en los que no fue visitado por nadie. Mi madre se casó con mi padre y nunca le pudo contar su trágica historia familiar, su padre era marino, “navegaba”. No le echó la culpa a nadie de su mala suerte. Nunca lo escuché putear a Franco. Nunca se consideró un perseguido político, un preso político. No iba a osar insinuar que el gobierno español le debía 25 hermosos años de su juventud entre rejas. Mucho menos una indemnización monetaria. Mi justo homenaje también para ese viejo loco. Digno. Dignísimo. Un gringo de aquéllos tiempos, en los que la política era cosa de hombres. Sangre de mi sangre.
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