EN LA “ARGENTINA K” LOS HUMILDES VUELVEN A MORIR DE TUBERCULOSIS… ¿EXISTEN LOS MINISTERIOS DE SALUD Y DESARROLLO SOCIAL?

Mientras la ex “hormiguita” Ocaña se pasea por Cuba, (sin mayores logros que mostrar) junto a la presidentA “Kristina K”,  en la Argentina los más humildes enferman y mueren de tuberculosis.

Extraño concepto sobre “justicia social” la de esta gente… ¿no?

¿Desarrollo Social existe?

Tuberculosis: la bacteria galopa en las villas -1-

Vecinos de Ciudad Oculta e Isla Maciel contaron a lanacion.com algunos casos de contagio y muerte por esta enfermedad que en el imaginario social aparece como superada; niños y jóvenes, los principales blancos de este mal; el rol del Estado

Por Verónica Dema y Gustavo Barco
De la Redacción de lanacion.com
vdema@lanacion.com.ar; gbarco@lanacion.com.ar

La tuberculosis, una enfermedad que afecta a los pulmones y que en el imaginario social aparece como un mal superado, en la Argentina suma más de 11.000 nuevos casos cada año y unas mil personas pierden su vida anualmente por esta causa. Según el último estudio del Ministerio de Salud de la Nación (2006), ese año murieron por tuberculosis 805 personas.

En Capital Federal las cifras también son alarmantes. Según el último estudio del Ministerio de Salud porteño, en la ciudad se sumaron 2500 casos el último año.

Las poblaciones más vulnerables, en general habitantes de las villas de todo el país, son las más propensas a ser afectadas, porque carecen de servicios básicos, alimentación adecuada e información, lo que atenta contra un buen tratamiento y contribuye a retransmitir la infección. Un enfermo sin tratamiento infectará entre 5 y 10 personas por año, según un estudio elaborado por el Hospital Pedro de Elizalde.

“No sé cómo ni por qué me enfermé”, dice la vecina de Isla Maciel Dulce Dresch mientras termina de preparar una tanda de pan casero con chicharrón que su hijo sale a vender por la villa. Sobre la mesa también hay tortas y budines que Dulce está a punto de hornear; con el mismo repasador que se seca el sudor de su cara espanta las moscas ávidas de sus creaciones. Se sienta, se la nota tan cansada como angustiada: mientras repasa la evolución de su enfermedad, sus ojos se humedecen varias veces.

En el callejón previo al laberíntico pasillo de maderas que conduce a la casa de Dulce, el padre de otra vecina del lugar, Marcela Vargas, también se recupera de una tuberculosis que casi le cuesta la vida. Luce flaco, desgarbado; tiene 56 años pero aparenta diez más. “Mi papá tampoco sabe por qué se enfermó. Acá ahora hay como un brote y también se ve mucho en los chicos”, cuenta Marcela.

Antonio Sancineto, el coordinador de la Red de Tuberculosis del Gobierno porteño, reconoce la gravedad de esta enfermedad. “El Estado debe cumplir un rol muy importante; debería estar muy presente”, dice. Apunta a las villas y a los inmigrantes como los principales portadores de este mal y precisa: “Los jóvenes de estos sectores vulnerables, con su problema con las drogas, agravan el panorama”

Con las terapias actuales el 90% de los enfermos de tuberculosis podría curarse; pero el compromiso del afectado y de sus familiares, que es imprescindible para que el tratamiento se complete y sea efectivo, no siempre se logra.

María Rosa González, vecina de Ciudad Oculta y madre de un adicto recuperado y otro que aún vive el infierno del Paco, aporta experiencias que refuerzan este vínculo. “Los chicos en los pasillos comparten las pipetas, duermen a la intemperie, no están bien alimentados por eso se contagian de tuberculosis y otras enfermedades”, dice. “La mayoría de los chicos que se internan por problemas de drogas están con esta enfermedad”.

Según agrega, las doctoras de la salita del barrio están sorprendidas por el aumento de casos. “Acá a la vuelta murió una chica de tuberculosis; era madre de cinco pibes”, señala esta mujer, referente social de la villa, conocida una de las Madres del Paco.

Su hijo Jeremías, adicto recuperado, transita los pasillos de Ciudad Oculta. “Se ven muchos pibes vomitando sangre. No sé si es tuberculosis o qué. Pero muchos no están bien”, dice. Prefiere no dar más detalles.

Justamente ese fue el síntoma que llevó a Nilda Mendoza a visitar la salita de esa villa. “Sabía que tenía tuberculosis pero tenía miedo de ir al médico, sentía pánico. Me preocupé un día que vomité sangre”, dice, con su niñita Lara en sus brazos a quien ella misma contagió.

“Yo también creía que esta enfermedad era del pasado”, dice María Rosa y se muerde los labios.

Algo que piensa la mayoría, pero que está muy lejos de ser realidad en la Argentina.

-1-

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1091663&pid=5727506&toi=6485

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