¿ESTÁN CERRADOS LOS CICLOS MILITARES? ¿O LAS CLASES POLÍTICAS “LOCALES” DEJAN LA PUERTA “ENTREABIERTA” A ESPALDAS DEL PUEBLO?

¿ESTÁN CERRADOS LOS CICLOS MILITARES? ¿O LAS CLASES POLÍTICAS “LOCALES” DEJAN LA PUERTA “ENTREABIERTA” A ESPALDAS DEL PUEBLO?

Entendiendo que uno de los requisitos de la república moderna, después de las “revoluciones militares” consiste en asimilar políticamente a los militares, nos preocupa muchísimo el eterno retorno de la clase política a “revivir” y “retrogradar” a la sociedad con una constante apelación a la década del ´70, ´60 y aún antes;

Intuímos que no es nostalgia, sino un ejercicio necesario (para ellos) y manifiesto del temor; Ellos, la clase política, usan el temor y esa nostalgia para seguir existiendo; Ellos necesitan el FANTASMAS “AHÍ”; usan las confrontaciones y falsas diyuntivas para “laburar” en un inconciente colectivo bien vívido. Para seguir siendo, para seguir enfrentado al pueblo y en definitiva, para seguir “jodiendonos”

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¿Como hicieron los paises Europeos para logra una senda de continuidad institucional? ¿Poniendo diputados “a dedo” como Victoria DONDA o el joven CABANDIÉ? ¿No habrán puesto toda la energía en desarrollar Estados en la senda de la modernidad, integrados global, regional y socialmente y con industrialización, en vez de volver a un estéril revanchismo vengativo como hacen los K?

Lean este ensayo de muy buena factura:

“PORQUÉ NO SOMOS UNA DICTADURA” -1-

Pregunta Citoyen por qué motivos los militares “deban decidir obedecer al Estado” cuando “poseen los medios para desobedecerle quedando impunes”. ¿Cómo es posible que en todos los países de occidente hayamos conseguido mantener a los generales a raya?

La respuesta debe de residir en el alineamiento de intereses entre los grupos sociales, y en la homogeneidad de los Estados modernos. Una homogeneidad a la que se ha llegado tanto por la progresiva unificación política, jurídica y fiscal, como por el aumento de la prosperidad y la nivelación de renta -ya sea por mecanismos de mercado o por provisión redistributiva. Lo cierto es que la de militar es sólo una identidad entre varias que el soldado puede sentir como propias; y, en ejércitos provenientes de una ciudadanía bien integrada, ya sea como profesionales, ya como reclutas, no tiene por qué oponerse a la identidad de ciudadano, y ambas pueden incluso reforzarse. Países de orgullosa y a la vez impecablemente cívica tradición militar, como EEUU y Australia, ofrecen buenas muestras de esta realimentación. Para los contraejemplos, podemos fijarnos tanto en ese gran laboratorio histórico que fue Roma como en países actuales que presentan una escasa integración socio-política.

Durante la llamada “Crisis del S. III” o “Anarquía Militar”, un período de unos cincuenta años, hubo en Roma no menos de veinticinco emperadores distintos, la gran mayoría provenientes de la carrera militar y todos creados y sostenidos por la milicia. De ellos, sólo dos murieron por causas naturales. Esto da una idea de que una dictadura militar sin más matices no es una “estrategia estable”, y presenta un déficit insalvable de legitimidad y fluidez en la trasmisión del poder máximo. ¿Por qué? Es posible que en el momento en que alguien se salte la escala jerárquica para alcanzar la cúspide, todos asuman que también pueden hacerlo llegado su momento. La jerarquía militar, como tantas otras ficciones sociales, sólo se tiene en pie hasta que se rompe el hechizo. No obstante, persiste la pregunta: ¿cómo es posible que la “Anarquía Militar” se mantuviera durante 50 años, pese a su clara inestabilidad y a las escasa perspectivas de éxito de los sucesivos emperadores? Quizás porque, en determinadas circunstancias, los militares no pueden no rebelarse, y en este caso no contaban tanto la intenciones del emperador -a menudo “obligado”- cuanto de la milicia.

Fue Mijaíl Rostovtzeff, el proponente del término “Anarquía Militar”, quien avanzó una explicación en su monumental Historia social y económica del Imperio Romano. A su juicio, la crisis representaba un enfrentamiento entre las oligarquías urbanas, que habían gozado de considerable poder y autonomía durante las dinastías anteriores y constituían, por así decirlo, la clase privilegiada y dominante del Imperio, y un ejército de origen mayoritariamente campesino y provincial; o más bien el asalto de las primeras por el último. Una guerra civil de facto entre clases que provocó la ruina de las ciudades bajo la destrucción de los sucesivos conflictos y el peso de las liturgias y otras cargas fiscales. O, por decirlo de otra manera, el intento repetido por parte de los militares de capturar en su provecho un Estado con cuyo ordenamiento no se hallaban satisfechos, en perjuicio de una clase social con la que no se identificaban.

El conflicto acabó resolviéndose con un progresivo cambio de régimen que amortizó los últimos rastros del constitucionalismo republicano y dio fin a la autonomía -y la prosperidad- de las clases urbanas, pero que tampoco representó una victoria neta del antiguo ejército. La milicia fue reformada para convertirse en una casta ya completamente ajena a la vida romana, reclutada entre las tribus guerreras en torno al limes y sin más lealtad que la que guardaban al emperador y al propio sistema en el que podían hacer fortuna. Una casta hasta cierto punto privilegiada, en la que ya se adivinan las tendencias de siglos siguientes. Rostovtzeff:

No era una parte de la población romana, ni representaba sus intereses. Era una casta especial, mantenida a costa de la población para combatir a los enemigos exteriores. De esta casta salieron ahora el personal administrativo del Imperio, la mayor parte de la clase dirigente y los emperadores mismos. (…) Los elementos superiores de la misma pasaron a constituir la aristocracia dominante del Imperio romano, y a su vez, apenas romanizados, fueron sustituidos por nuevos elementos, surgidos de los círculos más enérgicos y capaces de la casta militar forastera.

Ni qué decir tiene que este ordenamiento tampoco acabó con los problemas en la transmisión del poder ni pudo garantizar la supervivencia del Estado a la larga.

En cualquier caso, habría que tener presente que “dictadura” o “régimen militar” acaso no sean términos del todo precisos. La monarquía imperial romana tuvo siempre un fuerte carácter militar. Como hemos visto, el merum imperium de la milicia no resultó un régimen viable. Pero a distintas épocas y dinastías correspondieron distintos grados de constitucionalismo y despotismo: la dictadura “populista” de César, la dictadura “conservadora” de Octavio, el despotismo de modelo helenístico de Calígula y Nerón, la monarquía moderada de los Flavios, la monarquía constitucional e ilustrada de los Antoninos, el “régimen de seguridad” de los Severos… En todos estos casos, la estabilidad y la fortuna de cada reinado dependieron en buena medida del juego de intereses entre las clases senatorial, ecuestre y plebeya, entre romanos, italianos y provinciales, entre pretorianos y legionarios orientales, renanos y danubianos, y, como hemos visto, entre urbanos y rurales; y de la capacidad de los emperadores de identificar a cada uno de ellos con su proyecto. La historia del Alto Imperio lo es de una progresiva integración entre las distintas poblaciones que englobaba. Una integración que, sin embargo, y como simboliza el escaso entusiamo despertado por la Constitutio Antoniniana, resultó fallida y no pudo generar una verdadera copertenencia entre los habitantes del Estado romano. Esta falta de identificación de las clases entre sí y con el Estado, la imposibilidad de alinear los intereses en competencia salvo en épocas muy concretas, determinó los conflictos del siglo III, el fin de la era de la ciudad clásica y la organización prefeudal del Bajo Imperio.

Los Estados modernos occidentales, por contra, han conseguido una integración bastante completa, por los mecanismos citados arriba y, no lo olvidemos, en el contexto de la mayor explosión de prosperidad que registra la historia. En Estados no integrados, se producen equilibrios más o menos duraderos en los que, como se ha dicho, la fachada del régimen -ya sea “militar” o “civil”- enmascara el dominio temporal de una facción, clan o tribu sobre el ejército y sobre lo político. Tales son los casos del Iraq y la Siria del Baaz, un partido que era en cada caso la tapadera del clan trikrití de Saddam Hussein o de los alauíes de los Al-Assad. O de Pakistán. O de Jordania, en la que una monarquía creada por los británicos y sostenida hoy por EEUU mantiene a raya a una población urbana palestina merced a un ejército tribal beduino. Ejemplos similares abundan en el mundo árabo-musulmán y en África.

Retomando el argumento de inicio, la lealtad de un ejército depende del grado de identificación con los civiles y del alineamiento de intereses con estos y entre los distintos grupos que componen las sociedad política. Y esta es precisamente la razón por la que no cabe invocar la actual lealtad democrática de los militares para justificar la viabilidad de un hipotético experimento anarquista con la defensa nacional: lo primero que haría ese experimento sería precisamente quebrar el alineamiento de intereses, y probablemente incluso el sentimiento de copertenencia, de los varios grupos sociales.

-1-

http://neoconomicon.com/2008/09/22/por-que-no-somos-una-dictadura-militar-y-un-excurso-romano/

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