DESDE EL PIQUETE CAMPESINO

Así se vé desde las rutas:

 

“La resistencia de las ciudades”

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Los camiones jaulas que enviaban los esbirros estaban detenidos en Las Flores, a 100 km de Azul. En aquella ciudad, la población encabezada por mujeres y por chicos, apoyados por camioneros que desobedecían las órdenes del sindicato de los sicarios y enangostaban el asfalto con su enormes equipos de transporte, habían encontrado un freno en su marcha 19 camiones y 4 camionetas atestadas de policías federales antimotines. Los productores agropecuarios estaban decididos a demorarlos todo lo que pudiesen en la marcha de los camiones hasta el Arsenal Azopardo cercano a Azul.

 

Los choferes de las jaulas, seleccionados a dedo por El Gran Extorsionador sindical, habían encontrado gente común más resistente que ellos, empeñada en destruir la imagen de omnipotencia que gozaba la patota de El SaKeo.

 

La gente ya no tragaba mentiras. La gente se iba dando cuenta de los ardides para aspirar la riqueza del Interior y luego gastarla en dudosos negocios disfrazados de trenes bala, sin rendir cuentas a nadie mediante el uso de los superpoderes. Múltiples presupuestos municipales y más de uno provincial se esfumaban deviniendo carteras Louis Vitton de extraña justificación.

 

Habíamos tardado en darnos cuenta que la experiencia de El Sakeo santacruceño buscaba multiplicarse a lo largo y a lo ancho de este país de soja y de vacas. Habíamos tardado en sentir empatía por los laburantes del Indec y por los piqueteros que tenían rabia por no ser escuchados por sus representantes.

 

Pero ahora, nos encontrábamos con emoción. Eramos parte de una movida más grande que nuestro interés individual. Ahora sentíamos que podíamos ser ciudadanos, no solo electores de falsas antinomias.

 

Largas horas de espera habían mermado el ánimo de choferes y policías por igual. Algunos parabrisas mostraban huellas de gomeras traviesas. Un suculento asado convidado a los invasores convertía a los patovicas en lentos digestores, poco propensos a moverse.

 

La apuesta por la movida pacífica y multitudinaria de un pueblo que comprendió que no era sólo una confiscación al campo, que también eran todos los que vivían indirectamente de la actividad agropecuaria, que comprendió también que esta vez los sakeadores venían por todo, que comprendió que esta konfiskación era la confiscación del espíritu emprendedor, de las ganas de progresar, de la dignidad de los que trabajan duro.

 

Largas horas de sentadas en el asfalto, turnándose y aguantando la presión puso desesperación entre quienes movían los hilos en Capital Federal. No tardó en llegar la remoción del jefe del operativo policial, ya que también los policías comprendieron lo que pasa y también los policías son como la gente que se levantó.

 

Por fin, no hubo más remedio que levantar la sentada. Avanzaron las jaulas, los choferes demacrados, los policías castigados, y al poco tiempo encontraron a su paso más signos de resistencia. Veinte cubiertas ocuparon a los gomeros de Las Flores durante buen rato.

 

Y así siguió la Caravana del Sakeo rumbo a Azul. En Cacharí, otro grupo de vecinos y de productores detuvo su costosa y lenta marcha, entablándose más negociaciones y generando más demoras.

 

Mientras tanto, la ciudad de Azul se movilizaba haciendo historia. Hace días, algunos observadores en el Arsenal Azopardo informaban de cada uno de los movimientos internos y del plan de carga que se había ladrado en alguna oscura patota capitalina.

 

Llevaban diez días donde el pueblo se movilizó a la plaza central y a la Ruta Nacional 3 en apoyo de la resistencia agropecuaria. La cohesión era creciente. Productores de antigua data de la ciudad se ponían al frente de la protesta, apoyados en la energía de “los pibes” de 35 años y los consejos de “La Segunda Edad” de 50 a 70 años.

 

Cuando los camiones y sus custodios terminaron de desembarazarse del piquete Cacharí y asomaron sus trompas a las cercanías de Azul, se encontraron una ciudad que se ponía de pie sentándose en el asfalto y bloqueando el paso. Al igual que en Las Flores, los azuleños fueron con familias enteras a decir “No pasarán” a la ruta.

 

Era el tercer día de marcha, y los camiones no habían podido completar 300 km, peleando por el Guiness de la marcha lenta con los tanques del General Alais. Es de imaginar el estado de crispación de sus “dueños políticos” en la Secretaría de Comercio Interior.

 

Por suerte, el “Estilo Varizat” de aplastamiento de disidentes no tuvo eco en los policías y en los a esta altura desmoralizados transportistas.

 

En primera fila de la resistencia, el valiente intendente de Azul mostraba que los productores no estaban solos ni eran golpistas. Como muchos de sus colegas de la provincia de Buenos Aires que mostraron compromiso con sus pueblos en estos días, ya había recibido el llamado fatídico del Ministro del Interior: “nunca más pidas fondos”.

 

Poco rato antes, el nuevo obispo de Azul había fortalecido los ánimos de su rebaño, marcando que no eran intereses facciosos o violentos los que debían animar a los manifestantes, sino la búsqueda de una paz construida desde la equidad y la verdad.

 

El gobernador y los senadores y funcionarios provinciales mostraron que sus discapacidades son más anímicas que físicas, dejando preocupados a sus representados por la predisposición para desempeñarse como felpudos presidenciales a sueldo.

 

Como en una pesadilla, titiriteros capitalinos, choferes y policías descubrieron que la resistencia pacífica de un pueblo corroe al más macho de los patoteros, dejándolo dando pataditas en el aire.

 

No tardó en generarse una nueva remoción de jefe policial, mientras el saliente se retiraba diciendo: “me costó el puesto”, habitual recompensa del estilo violador de nuestros monarcas para con quienes no satifacen sus caprichos.

 

El nuevo encargado del grupo antiterrorista potencial represor de mujeres y chicos decidió ser más vivo que los brutos productores y vecinos: en un planeamiento estratégico tragicómico aprendido en una mala película de Rambo, optó por desviarse por un camino vecinal de tierra que rodease la movilización popular, con tal mala suerte que este rodeo quedaba a la vista de los locales, expertos en barro y atajos.

 

Cuando el convoy intentó acelerar por el angosto camino rodeado de pantanos, recibió una bofetada de técnicas de emboscada guerrillera: primero fue detenido por falta de jurisdicción sobre el camino, luego tuvo que salir a buscar a inhallables jueces que habilitaran el paso. Por último, cuando la orden judicial apareció, volvió a encontrarse con un pueblo sentado, ahora en un camino angosto, sin salidas, y sin marcha atrás posible.

 

La tensión creció una vez más. Como Dios apreta pero no ahorca, la campana sonó iniciando negociaciones generales en Buenos Aires, con la consigna de liberar mientras tanto los cortes. Por fin, los camiones tenían, a 72 horas de su salida, la posibilidad de llegar a su destino de carga.

 

Al otro día, comenzó la carga del ganado militar. Dado que los marinos no se especializan en la cría y engorde de animales, sería recomendable la distribución gratuita de dentaduras postizas para poder desmenuzar la carne de los animales que subían a los camiones. Vacas y novillos que harían el hazmerreír de cualquier vecino buscaron su último destino rumbo a la Gran Ciudad.

 

El nuevo encargado del grupo gurkha avisó del mandato robesperriano que traía: “a mí no me van a hacer perder el puesto, aunque tenga que moler a palos a mujeres y chicos”. Vista las prácticas de recursos humanos que este gobierno nacional ejecuta, y que el Indec, Barrista, Plaza de Mayo, Chaco y Paraná demuestran, los resistentes decidieron dar paso a la caravana cargada.

 

Hoy, domingo a las 9 de la mañana, mientras escribo, 120 horas después que salieron, a un promedio de velocidad menor a 5 km por hora, la caravana maldita no consiguió sobrepasar la localidad de San Miguel del Monte.

 

El pueblo unido jamás será vencido.

 

PEPINO TANDIL

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