El Mesianismo de Los Iluminados: “Somos la modernidad”

Como solipsista en un Porche a 200 Km/h, y que no reconoce realidad mas allá que la generada por su propio pensamiento, la presidenta se puede estrellar de frente

Lea la nota de Carlos Pagni (para la nación.com.ar)

Podía esperarse más del primer discurso que dirigió al país Cristina Kirchner con la banda celeste y blanca sobre el pecho. Pero hay que admitir que la pieza que pronunció ayer, sin leer, delante de la Asamblea Legislativa, fue muy adecuada para la transición que protagonizan ella y su marido.

Igual que en la formación del gabinete o en los primeros anuncios, la inauguración verbal del nuevo gobierno careció de innovación. Para conocer el programa conceptual de la gestión que comienza habrá que remitirse de nuevo al mensaje que leyó Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003, en una ceremonia equivalente. En aquel texto, enriquecido por el tiempo, está la inspiración política del que se escuchó ayer.

Las orientaciones de fondo que regirán el país durante el nuevo período fueron fijadas aquel día. Cristina no precisó decirlo para dejarlo claro en su asunción.

Es paradójico: el gobierno que comienza no se reconoce heredero de pasado alguno. Salvo una alusión brumosa a Moreno, Belgrano y San Martín y una referencia mítica a Eva –mencionada así, como la mujer primordial, como el prototipo político del que la señora de Kirchner se sugiere reencarnación y vengadora-, el discurso de ayer está desvinculado de cualquier experiencia preexistente. Hicieron bien los antecesores al no aparecer por la jura. Del país de Raúl Alfonsín, Cristina sólo recordó las leyes de punto final y obediencia debida. Del de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, “la saña del ajuste”. Adolfo Rodríguez Saá fue evocado por el default y Eduardo Duhalde ni figuró en la línea de tiempo. Para la cronología oficial, el nuevo siglo comenzó en 2003.

El único pasado sería Kirchner, si no fuera porque él, en la visión de su heredera, seguirá siendo presente. Como si quisiera corregir una decisión irreversible del electorado, desde hace 72 horas la nueva mandataria repite sin cesar que su esposo no dejará el poder. Insistencia deliciosa para quienes se agravian con el nepotismo, a la que ayer Cristina regresó, burlona: “¿Se va?”, preguntó al público, mirando a su marido.

Relevada de tener que exponer los lineamientos de un proyecto concebido con anterioridad, la nueva presidenta se concentró ayer en las materias que le resultan más cómodas. Regresó a las fuentes de la gestión de su esposo prometiendo una etapa de saneamiento judicial. Hubo legisladores que leyeron entre líneas una iniciativa para darle competencia a la Cámara de Casación Penal en todas las causas, lo que anularía el poder de las cámaras federales.

Fue el único párrafo de estricta naturaleza política en el discurso de la señora de Kirchner. En cambio, no dijo qué se propone hacer con la corrupción ni con el clientelismo político. Tampoco cuál será su relación con las fuerzas políticas, incluso con la propia. Casi como una ironía, se elogió a sí misma y a su esposo porque en el reparto de beneficios “no nos interesó el origen partidario de los gobernadores o los intendentes”. Al parecer, la concertación K se formó gracias a una revelación ideológica.

En el terreno de la economía, la Presidenta también fue abstracta. Si es por el discurso, la agenda del nuevo gobierno no contempla una estrategia anti-inflacionaria ni una política energética que supere los límites, ya muy visibles, de la que se practicó hasta ahora. Tampoco el acceso al crédito internacional parece un desafío. Habrá que seguir halagando a Hugo Chávez.

Cristina siguió devorando a su propia criatura, el pacto social. Demostró estar advertida de sus riesgos. A los industriales, que ya preparaban un pliego de exigencias sobre tasa de interés, tipo de cambio y reforma impositiva, les aclaró:”No soy el gendarme de la rentabilidad empresaria”. A los gremialistas, que trasladaron a la pelea por el salario su puja dentro de la CGT, les dijo que tampoco se involucrará en una interna sindical. El acuerdo, volvió a aclarar, serán muchos acuerdos, igual que aquellos programas de competitividad sectorial que había lanzado Domingo Cavallo cuando la convertibilidad boqueaba.

* * *

El resto de la política económica quedó en la penumbra de un artefacto verbal de difícil traducción, el “modelo de acumulación con inclusión social” al que ahora se le acopló una “matriz diversificada”. Invención literaria a través de la cual la nueva presidenta evita mencionar palabras como “planificación” o “mercado”, “iniciativa privada” o “intervención estatal”.

El pasaje más relevante del mensaje de ayer fue el más convencional: la defensa de la educación pública. En cambio, las ideas sobre política exterior insinuaron que la creatividad de Cristina en ese campo no excederá las relaciones públicas internacionales. No hubo alusión a la alianza con Brasil, pero sí a la necesidad de que Venezuela acelere su ingreso al Mercosur. Un trámite demorado en Brasilia. La Presidenta sorprendió sólo cuando, después de saludar a Tabaré, lo acusó por la violación del Tratado del Río Uruguay en el caso de las pasteras. Vázquez quedó sin derecho a réplica. Llamativa falta de cortesía con el invitado. Y una oportunidad perdida para agradecer en público a la casa real española, en la persona del príncipe de Asturias, la costosa mediación ensayada.

Más allá de los conceptos, grandes o pequeños, quedan las marcas de estilo. La Presidenta volvió a identificar a la prensa con la oposición y puso en manos de Dios, más que en las del debate democrático, la garantía contra los errores que pueda cometer. Una inclinación más propia de iluminados que de iluministas, como se declaran los Kirchner, de quienes ella dijo ayer: “Somos la modernidad”.

En la hora pico de su biografía, Cristina lloró por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y se proclamó, con más tecnicismo que emoción, la representante de todos. Pero no pudo abandonar el tono admonitorio. Los brazos le quedaron cortos para estrechar al país en un gesto de ternura. Expectativa injustificada, prejuicio machista, para cuando una mujer asume el mando.

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/970033

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